martes, 7 de febrero de 2017

Educación: el pasado del futuro (o el futuro del pasado) Javier Martínez Aldanondo @javitomar

Hoy traemos a este espacio el último newsletter de Catenaria E D I C I Ó N - N ° 1 3 0 - E N E R O - 2 0 1 7

Educación: el pasado del futuro (o el futuro del pasado)
Javier Martínez Aldanondo
Gerente de Gestión del Conocimiento de Catenaria
jmartinez@catenaria.cl y javier.martinez@knoco.com Twitter: @javitomar
Si los hombres tenemos suficiente talento como para inventar nuevas máquinas que destruyen puestos de trabajo, también tenemos la capacidad de hacer que las personas que han perdido su empleo, vuelvan a trabajar” (John F. Kennedy)

En noviembre pasado, tras impartir esta conferencia sobre “Innovación en Educación” en la  Universidad de Barcelona, los organizadores me invitaron a escribir el primer capítulo de un libro sobre Pedagogías Emergentes. Como no soy pedagogo, les propuse enfocar mi aporte en 2 ámbitos: en el primero, analizar el pasado y el presente de la educación y diagnosticar por qué tenemos problemas y cómo podemos abordarlos. Y en el segundo, concentrarme en el futuro, y desmenuzar el estado de pánico que se empieza a crear con la automatización y el mito de los robots más inteligentes que nosotros.

En 2014, recibí otra invitación, esta vez para exponer en las jornadas de Aprendizaje, Educación y Neurociencias que organiza la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile. Todos los oradores eran psiquiatras y neurocientíficos eminentes y yo era el único intruso en el grupo. El seminario, culminó con una cena para los ponentes, generosamente regada. Aprovechando un momento en que el alcohol ya les estaba surtiendo efecto, pregunté a bocajarro a mis colegas “¿el cerebro tiene capacidad finita?” Me miraron con cara de sorpresa, pero respondieron unánimemente “por supuesto, todo dispositivo físico tiene limitaciones”. “Eso significa que, si el cerebro tiene límites, no podemos pretender que se encargue de todo” respondí . O lo que es lo mismo, no podemos equivocarnos al decidir cómo lo utilizamos, es imprescindible priorizar.

Imagino que se habrán percatado que, de un tiempo a esta parte, los medios de comunicación nos están asediando con noticias sobre la velocidad a la que los avances tecnológicos están superando el desempeño de los humanos. Conceptos como Inteligencia Artificial, Aprendizaje Profundo, Big Data, Redes Neuronales, Realidad Virtual y Aumentada, etc. gozan de una amplia tribuna. En concreto, el fenómeno de la automatización (máquinas que hacen el trabajo de las personas) y la consiguiente pérdida de empleos está siendo recogido en libros, papers o conferencias con gran nerviosismo. ¿Qué sucede cuando las máquinas tienen conocimiento para hacer tu trabajo? Obviamente cuando una máquina es capaz de hacer lo que tú haces, tienes las de perder por múltiples razones: no solo son capaces de hacer más trabajo y mejor que tú sino que no cobran sueldo, no duermen ni tienen vacaciones, no forman sindicatos, no se deprimen ni se pelean con otras máquinas ni las acosan, ni aspiran al puesto del jefe ni desertan para pasarse a la competencia… ¿y si las máquinas no solo realizan tareas rutinarias sino tareas creativas que hasta hace poco creíamos estaban reservadas para las personas? En ese caso, casi todos vemos en riesgo nuestra fuente laboral ¿y cuando ni siquiera es necesario programar esas máquinas porque ellas mismas son capaces de aprender? Los avances de la ciencia dejan muy claro que ningún sector puede ignorar la inteligencia artificial porque los transformará todos. Si sigues haciendo lo que haces, es lógico pensar que pronto te quedarás sin trabajo. Hay autores que vaticinan que nuestro próximo compañero en la oficina será un robot y libros apocalípticos que profetizan el fin del trabajo.

No es sencillo hacerse una idea clara ante tal maremágnum de opiniones. Tenemos a los alarmistas, convencidos de que las maquinas nos van a sustituir y crearán un desempleo masivo, dejando a millones de personas sin trabajo y sin sustento. Están los optimistas, que sueñan con la tecnología abarcándolo todo, de forma inminente e imparable. Y están los realistas, que perciben que no es tan simple lograr que las máquinas hagan todo lo que se está prometiendo y que se inclinan por la convivencia, donde las máquinas nos van a complementar en aquello en que son más eficientes.
Algunos hechos son indiscutibles, pero poco conocidos:
El fenómeno de la automatización no es nuevo. A lo largo de toda su historia, el ser humano se ha caracterizado por desarrollar avances tecnológicos para aliviarse del trabajo pesado, encomendando a otros las tareas desagradables (primero utilizando a los animales y luego inventando herramientas). El último caso similar al actual ocurrió en el siglo XIX, con la revolución industrial en Inglaterra, donde se dispararon las alarmas por el riesgo que implicaba que las máquinas sustituyesen a las personas. La realidad es que nunca la tecnología ha generado desempleo, lo que hace es alterar los mercados. La única diferencia es que ahora el proceso es mucho más rápido, ocurre a mayor escala y produce mayor impacto. Se ha puesto de moda un cierto discurso catastrofista que predice, por ejemplo, que un 47% de trabajos en USA están en riesgo de ser remplazados (lo que es cierto pero incompleto). No parece que, a nivel laboral y de desarrollo económico, el mundo haya retrocedido respecto del siglo XIX…

El proceso de automatización es imparable. La digitalización de la sociedad en todos sus niveles (comunicaciones, entretenimiento, salud, transporte, industria, comercio, etc.) no cesa. Todo lo que hacemos depende de la tecnología. Nada hace pensar que ese proceso no siga acelerándose de forma progresiva afectando todas las dimensiones nuestra vida. Hay que poner especial atención en la Inteligencia artificial (IA) cuyo propósito es dotar a las máquinas de una inteligencia semejante a la humana, para que hagan lo que hasta ahora estaba reservado a las personas. Con independencia de que sea o no moralmente correcto, de si estamos a favor o en contra, o de si tendrá un impacto positivo, es algo que va a pasar.
La robotización no es inminente. Las predicciones de los apóstoles de la IA tienen un largo trecho hasta hacerse realidad, aunque lo harán. Es muy poco lo que sabemos todavía acerca del cerebro: si no somos capaces aún de entender cómo funciona la inteligencia humana, no estamos preparados para reproducirla artificialmente a pesar de lo mucho que se ha progresado. En este punto se suele producir un malentendido: Que las máquinas hagan cosas que nosotros no podemos no significa que sean inteligentes. Si preguntas a Watson, que es el sistema de IA más avanzado, por qué hace lo que hace o le formulas una pregunta abierta pidiéndole consejo para desarrollar tu negocio, no sabe responder nada coherente. No es capaz de improvisar, entender un refrán o un chiste ni sostener una simple conversación como la que mantendrías con tu hijo de 5 años. Como decía Niels Bohr, “Usted no piensa, se limita a ser lógico”. Pero si una máquina va a hacer lo que haces tú, significa que tu trabajo no demanda dosis demasiado altas de inteligencia (recordemos lo que ocurrió con los cajeros de los bancos). Las máquinas tienen más potencia de cálculo y de almacenamiento de información que nosotros y cada vez la diferencia será mayor a su favor. Competir con ellas en esas tareas no tiene sentido. Sin embargo, todavía el ser humano es capaz de llevar a cabo tareas y trabajos abstractos (relacionados con la creatividad, resolución de problemas, comunicación, etc.) y trabajos manuales que las máquinas no pueden hacer y que es dónde tiene sentido concentrar los esfuerzos. Los cambios más importantes tendrán lugar en 2 áreas: desarrollo profesional (qué tipo de trabajos existirán) y educación (qué será imprescindible aprender para desempeñarlos).

Hay una línea de discusión “ética” respecto de los riesgos de crear máquinas más inteligentes que las personas. Se plantea la posibilidad de que pudiesen tomar el control de la sociedad, volverse contra nosotros, someternos y que no las podamos controlar. Estos argumentos son los que defienden figuras prominentes como Stephen Hawking o Elon Musk para tratar de poner límites al desarrollo de la inteligencia artificial.
Existe también una interesante discusión acerca del impacto social y económico que tendría el hecho de que grandes franjas de población queden sin trabajo y por tanto sin ingresos. Ante tal hipótesis, surgen voces reclamando la necesidad de que el estado se hiciese cargo, proveyendo un salario social. También se discute la alternativa de trabajar en jornadas laborales de menos horas para asegurar que exista trabajo para todos. Y al mismo tiempo, se vislumbra el peligro de crear elites que, beneficiándose de esa concentración de conocimiento y riqueza, tenderían a monopolizar la economía y la sociedad en su conjunto.

¿Qué podemos esperar que ocurra?

Aunque el mundo lleva tecnologizándose desde siempre, hoy tenemos la tasa de desempleo más baja de la historia. A pesar de los muchos y graves de problemas que faltan por corregir, gozamos del mayor nivel de desarrollo, democracia y bienestar que ha conocido la humanidad. A corto plazo, es seguro que se perderán trabajos. A largo plazo, los antecedentes confirman que no se elimina empleo, sino que cambia su composición, como ha pasado en las décadas que llevamos usando computadores masivamente. No es cierto que el mercado laboral tenga un número finito de puestos de trabajo donde si el trabajo lo hacen las máquinas, entonces quedan menos para los humanos. Podremos anticipar el empleo que se va a destruir, pero no es tan fácil cuantificar el que se va a crear. Por ejemplo, el sector servicios que apenas existía un siglo atrás (cuando dominaba la agricultura), hoy es claramente mayoritario.

Debemos apresurarnos en priorizar: decidir qué merece la pena que hagamos las personas y qué endosaremos a las maquinas. Las maquinas son inferiores realizando tareas abstractas como producir nuevas ideas, reaccionar ante imprevistos y tomar decisiones porque resulta muy difícil codificar cada paso específico para que una máquina lo haga. Todavía son muy torpes a la hora de comunicarse, manipular objetos y desplazarse y siguen teniendo problemas con tareas manuales sencillas (capacidad motora fina) que no requieren uso de TICs ni título universitario como la construcción, gastronomía, cuidado de niños y enfermos, peluquería, mecánica, limpieza, transporte, etc. Sin embargo, las tareas rutinarias y predecibles son las candidatas inminentes a ser remplazadas por tecnología, algo que sucede desde el boom de la tercerización que trasladó masivamente la producción a China. Aunque las tareas abstractas y manuales tienen menos riesgo, el asunto es en cuánto tiempo serán las maquinas capaces de realizarlas. Hace 10 años se pensaba que los conductores eran difíciles de remplazar y hoy el coche autónomo está a la vuelta de la esquina. El camino más razonable es complementarnos con las máquinas. El primer piloto automático en un avión se empezó a usar en 1947 pero el piloto humano no ha desaparecido.

La tecnología ha transformado radicalmente el trabajo y la sociedad. Convivimos con profesiones y trabajos que no existían cuando nosotros íbamos al colegio. ¿Cuantos de nuestros padres eran profesores de Taekwondo, monitores de spinning, peluqueros de perros, dueños de hoteles caninos, instructores de yoga, diseñadores gráficos, conductores profesionales de drones o consultores en gestión del conocimiento? ¿qué trabajos son los más demandados para 2017? Especialista en Big Data, expertos en SAP y Business Intelligence, arquitectos Cloud, es decir, la aplastante mayoría están relacionados con el manejo de tecnología. Cada nueva tecnología que irrumpe, crea una nueva industria. Basta observar el impacto de la telefonía móvil. Cuando me incorporé al mundo laboral, los dueños de los primeros teléfonos celulares los llevaban en su automóvil (con una pequeña antena en el techo), tenían un precio prohibitivo y sufrían la incredulidad general ¿para qué puede querer alguien un teléfono en el coche? 25 años después, emergió una industria colosal de investigación, diseño, fabricación y venta de smartphones, de planes de conexión, de infraestructura, de desarrollo de software, de servicios, de apps… Los avances tecnológicos siempre hicieron que se perdiesen trabajos: desapareció el herrero que colocaba herraduras a los caballos junto con el conductor de la diligencia y prosperó una industria de fabricación de automóviles, empresas de neumáticos, petroleras que refinan combustible, talleres mecánicos, empresas de transporte, de seguros, de autopistas, etc. El mercado laboral seguirá cambiando cada vez más deprisa igual que los modelos de negocio (Netflix, Uber o AirBnB son ejemplos obvios). Evolucionará el trabajo y la forma de trabajar, lo que cambiará a los trabajadores y sus competencias. Eso nos obligará a redefinir el concepto mismo de trabajo: El cómo, el dónde y el qué del trabajo es distinto de hace 5 años y seguirá transformándose. El trabajo hace ya tiempo que dejó de ser un lugar. Hay semanas en las que apenas piso mi oficina, hace años que no llevo corbata, trabajo con un equipo de personas distribuidas por el planeta y entregando servicios que no existían hace tan solo una década. Cuando finalicen su etapa educativa, a nuestros hijos no les estará esperando un empleo (y menos para toda la vida). No solo competirán en un mercado laboral distinto con otros jóvenes bien educados, sino también con máquinas. Habrá mucho trabajo, pero no habrá empleo. Una habilidad esencial será crearte tu propio empleo, convertirte en una oferta de valor (qué problema resuelvo a mis clientes y qué conocimiento tengo para ello) y ser consciente acerca de qué necesitas aprender para lograrlo. Todo esto desembocará en el nacimiento de nuevos tipos de organizaciones (públicas y privadas), un nuevo tipo de relación con sus integrantes basada en el conocimiento y un nuevo tipo de sociedad con instituciones y reglas diferentes.

¿Y qué impacto generará este panorama sobre la educación?

Se acaba de publicar un estudio que demuestra que el 97,2% de los conductores suspendería la prueba teórica del examen de conducir si volviera a hacerla de nuevo. ¿Qué hacemos, les retiramos el carnet a todos? Lo interesante es que, en breve, no necesitaremos aprender a conducir. Si descendemos a nivel del aula, existen ya prototipos de robots-profesores y abundantes tecnologías que se emplean para enseñar. Pero lo crucial pasa por la mirada estratégica. El porvenir va a ser brillante excepto si crees que lo puedes enfrentar con lo mismo que sabes hoy en día. La tecnologización demandará habilidades cada vez más especializadas para personas y organizaciones. Para abordar el mundo que viene necesitamos identificar el conocimiento que será valioso (aquello que las máquinas no hacen) y aprenderlo. Y para ello, el sistema educativo tendrá que cambiar un curriculum que ni siquiera sirve para enfrentar los desafíos actuales. Las máquinas tienen una capacidad infinitamente superior a la nuestra para almacenar información y mayor rapidez para procesarla, que es justo lo que exigimos a los alumnos en su trayectoria educativa. Volviendo entonces a la pregunta a mis amigos neurocientíficos ¿para qué tiene sentido entonces usar el cerebro¿seguimos enseñando las cosas que las maquinas hacen mejor que nosotros? ¿seguimos enseñando de la misma manera? Es obvio que Google podría hacer una buena prueba PISA, pero … ¿sabe educar a un niño? La automatización nos obliga, no tanto a una mejor educación sino a una educación diferente.

Dado que la tecnología cambia los tipos de trabajo y el mercado del trabajo en sí mismo, eso hace que cambien las competencias que se requieren para operar en él. Es por eso que debemos enseñar aquello en lo que los humanos tenemos ventaja en lugar de continuar educando para memorizar y calcular. Si seguimos “fabricando“ humanos que traten de competir con las máquinas en su terreno, los estaremos condenando sin remedio. Hace años que un humano no puede ni soñar con derrotar a una máquina jugando al ajedrez...  Necesitamos gobiernos que, de verdad, impulsen y apoyen el aprendizaje para toda la vida de sus ciudadanos, equipándolos para adaptarse al cambio tecnológico. Ni mucho menos el objetivo consiste en educar únicamente para trabajar. Pero preparar a los jóvenes para que disfruten de una vida laboral estable y plena es uno de los regalos más importantes que podemos prometerles.
Cómo siempre ha sucedido, en el futuro, el secreto no será el empleo, sino el conocimiento. La lucha entre las personas y las máquinas es por el conocimiento.

Resumiéndolo de manera simple, necesitamos decidir qué es importante aprender y cómo hacerlo, y preparar a niños y jóvenes para aprender permanentemente. Dado que nuestros hijos van a competir con máquinas, no necesitamos introducirles más información en el cerebro sino asegurarnos de que aprenden a pensar y a tomar las decisiones adecuadas. Las máquinas son buenas para hacer lo que se les manda mientras nosotros somos buenos para hacer lo que nos gusta. ¿Llegarán las máquinas a entender el mundo como los humanos? Imposible saberlo, pero si examinamos el increíble avance de la ciencia, me inclino a pensar que si, solo que todavía no hemos descubierto cómo hacerlo. Mientras tanto, en lugar de mantener el sistema educativo actual para tratar de mejorarlo, el camino más inteligente es alumbrar uno nuevo. Un viejo proverbio chino sabiamente nos señala “No temas envejecer, teme quedarte quieto, nocambiar”.

PD: Chile está sufriendo una devastadora ola de incendios sin parangón a lo largo de su historia. Si hablamos de conocimiento, lo que verdaderamente me preocupa es ¿qué aprenderemos de esta tragedia? ¿alguien se atrevería a prometer que el próximo verano no se repetirá algo similar? No soy optimista.(leer más...)

Fuente: [ catenaria newsletter]

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